Una historia contada entre varios miembros en El bául de lectores y escritores

En El baúl de lectores y escritores hemos hecho esta pequeña actividad para entretenernos: contar una historia entre todos y este ha sido el resultado:

En medio de una ventisca de nieve y frío, nos habíamos quedado si la posibilidad de continuar el viaje hacia la cabaña de mis abuelos. El coche no podía continuar pues la cantidad de nieve acumulada era enorme, mi padre era el conductor, nos acompañaba a mi madre y a mí a la montaña a pasar el fin de semana, luego él volvería a la ciudad.

Todo se torció al medio día cuando el cielo se cubrió completamente con nubes negras y la tormenta no cesaba. Cada minuto era eterno y los nervios nos consumían pues pensábamos que no saldríamos de allí nunca. Mi padre, el hombre más valiente que conozco decidió abandonar el coche y llevarnos a pie hasta la cabaña de mis abuelos, donde estaríamos a salvo.

Con nuestras mochilas al hombro estuvimos en marcha en diez minutos, abrigados de pies a cabeza apenas se nos veían los ojos. A la media hora los tres estábamos ateridos y desorientados, cada paso que dábamos hacia delante el viento nos obligaba a retroceder dos.

—María, por favor, intenta caminar más deprisa o la niña se congelará —dijo mi padre. Entendía que la enfermedad de huesos de su esposa era dolorosa y más con ese frío; pero en el coche no podían quedarse no tenían comida, solo la hija tenía una botella pequeña de refresco.

—Claro que sí —contestó ella mientras cogía la mano de su hija. Debían seguir caminando para no perder el poco calor que les quedaba.

De Rosaura Watt

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Tras un tiempo que se nos hizo eterno, llegamos a la cabaña. No era el lugar cálido y acogedor que habíamos esperado; era una construcción fría y hostil que se alzaba en el medio del bosque. De todas formas, mejor eso que estar a la intemperie. Con las manos ateridas por el frío, mi padre trasteó con la llave en la cerradura hasta que conseguimos entrar. El interior estaba oscuro y cuando dimos un par de pasos una sombra alada pasó volando sobre nuestras cabezas y salió rápidamente por una ventana. Gritamos.

—No os asustéis—dijo mi padre. Sólo es un búho. Ya más calmados, observamos nuestro entorno, mientras nuestros ojos se acostumbraban a la penumbra. Había una pequeña habitación con una cama minúscula y lo que vimos sobre ella nos puso los pelos como escarpias.

De Laura Beli

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Nos miramos sorprendidos los tres. Paseé mi mirada por los rostros de mis padres, los cuales estaban acongojados. ¿Qué demonios pasaba aquí?, y ¿dónde se suponía que estaban mis abuelos? No había rastro de ellos por ninguna parte pero sus ropas y demás enseres de la casa se encontraban allí, de modo que no andarían muy lejos… o eso esperábamos.
Volví de nuevo a mirar a la criatura que dormitaba plácidamente sobre la minúscula cama y un sonoro ronquito emitido de su fea y dentada boca me sobresaltó. Ahogué un grito con la mano temiendo despertarla porque ¿y si ella era la causante de la extraña desaparición de mis abuelos?
Mi padre nos indicó con un leve gesto de la cabeza que abandonásemos el dormitorio y, lo más silencioso que nos fue posible, salimos de allí. Justo al pasar por el marco de la puerta, mi madre tropezó debido a su pequeña cojera y la criatura abrió uno de sus ojos. Giró su enorme cabeza hacia nosotros y en su boca se dibujó una extraña sonrisa. Sus dientes puntiagudos eran enormes y su mirada fría y malvada se clavó en nosotros en el mismo instante en que se incorporó de la cama para saltar sobre nosotros.

De RM Madera

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Todos corrimos, mi madre con poca agilidad consiguió llegar hasta la habitación, mi padre la seguía. Mientras yo, quede viendo la espesa baba caer al suelo, era una sustancia viscosa que se discurría entre dientes manchados. Al parecer, lo que yo creía que era una sonrisa, no era más que una mueca, una que denotaba hambre. Mis abuelos no estaban, eso era claro, a pesar de que seguía preguntándome sobre su paradero, sentí alivio al pensar de quizás ellos también pudieron huir.
El oso rugió levantándose sobre sus pies. Tan sólo pude ver la vara cerca de la chimenea, una que ni siquiera rezumaba calor, la sujete en la empuñadura y quise parecer amenazadora, pero un cuerpo de apenas cincuenta kilos y cabello rojizo era todo menos intimidante. El corazón latía, retumbando desde el epicentro de mi cuerpo. Escuchaba a mi madre gritar, mi padre caminaba despacio hasta mi lado pero entonces se escucho un disparo. Creí que mi corazón había explotado, pero por fortuna no era así.
Mire la masa corpulenta caer al suelo y fue cuando mis ojos viajaron a aquel hombre de aspecto huraño. En ese momento supe que el infierno apenas empezaba…

De Edgardo Castellanos

Ese hombre se había deshecho del animal a tiempo. Sin embargo, no bajó el arma. Apuntó a mis pares y los interrogó.
—¿Qué hacen aquí?
—Es mi casa. Pertenece a mis padres. Hemos venido a pasar unos días —contestó mi padre con calma. Disimuladamente, protegió a mi madre con su cuerpo—. No nos haga daño. Mi mujer está enferma y mi hija es sólo una niña.
—A callar. Aquí doy yo las órdenes. —Sacó un walkie talkie y llamó a otro compañero—. Víctor, tenemos tres pichones más. ¿Qué hago con ellos?
—Tráelos al campamento con los otros, pero date mucha prisa. Pronto comenzará la tormenta.
El hombre nos hizo una seña para que saliéramos de nuevo a la intemperie.
—Síganme si quieren vivir. Aquí estarán en peligro. Hay riesgo de una tormenta fría. Por eso hasta los animales se están refugiando en las casas. Lo que no saben es que muy pronto esta casa quedará sepultada también. —El hombre gruñón al ver qué no nos movilizábamos—. Dense prisa si no quieren que nos alcance un alud.
— Pero, mis padres, hemos quedado aquí.
—Escuche, buen hombre, pueden estén en el refugio pero si quiere un consejo, ponga a su familia en lugar seguro. Mañana será otro día y podrá buscarlo.
No esperó a ver qué decisión tomaba mi padre. Comenzó a andar y mi padre nos obligó a seguirlo. No sabíamos que se estaba cociendo hasta que llegamos a un campamento improvisado por un equipo de militares. Las máquinas que registraban el parte meteorológico, imprimía informes llenos de picos. ¿Se acercaba el fin del mundo?

De Begoña  Medina

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Todos fuimos aislados en un bloque de hormigón donde un equipo de doctores nos sacaron muestras de sangre. Era una especie de laboratorio improvisados, vi como le revisaban la vista a mi madre, presionaban su estomago y evaluaban los reflejos.
Quise decirles que estaba bien, pero lo mismo hicieron conmigo. Las letras formaban palabras inconclusas que me hicieron dar cuenta eran retazos de techo cortados a groso modo.
Era el fin del mundo decían, pero no de esa manera tan cruda, los picos de escalas, anunciaban una actividad sísmica mientras que los informes que en el membrete se leía: NASA, anunciaban la proximidad de un meteorito. Lo sé, porque el hombre que antes nos había salvado de morir en garras de aquel oso, ahora se había puesto un uniforme de militar.
Ryan— se hacía llamar, y mientras todos caminaban de aquí allá, yo quede viendo los copos de nieve filtrarse por una rendija en la pared.
Lloré de miedo, una de las sensaciones más angustiantes, no era comparado como cuando mi madre me dejaba a oscuras durante la noche en mi habitación. Era un temor verdadero…

De Edgardo Castellanos

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