Relato anti San Valentín

Día libre por sorpresa

Con sus rizos castaños al viento y con una sonrisa tonta en sus labios, Carla iba deambulando por las calles de Madrid en dirección a una tasca. Hoy quería darle una sorpresa a su novio. Su jefa le había ascendido por su buen desempeño y le había dado el día libre por haberla conseguido un contrato millonario. Estaba pletórica. Había trabajado mucho para llegar tan alto. Roberto ignoraba que ella se estaba haciendo de oro. Durante todo su noviazgo le había hecho creer que sus sueldos eran similares ya que él solía ser muy derrochón consigo mismo. Se conformaba con poco pero luego no quería gastarse en ella ni un céntimo con la excusa de que no tenían. Vamos que muchos fines de semana no salían por ahorrar. Pero eso ya era hora de cambiarlo. Era el momento de disfrutar y derrochar un poco. Qué para algo lo tenían.

No le había dicho nada el día anterior. Quiso tomarse su tiempo para arreglarse en condiciones y disponer de tiempo para irse de compras. Por la mañana se habían despedido como de costumbre, simuló irse a trabajar pero según salió Roberto por la puerta, se fue directa a la peluquería. Necesitaba cambiar de look y realmente Reggina había hecho un trabajo increíble. Se había comprado un traje negro carísimo ajustado que la sentaba como un guante y un par de tacones peep toe a juego con el bolso. Iba muy elegante. Quizás demasiado despampanante por las miradas de todos los hombres con los que se cruzaba.

¿La reconocería? Ella siempre iba con vaqueros y una coleta, escondida tras unas lentes muy poco favorecedoras. No era de maquillarse ni de vestidos. Así que estaba ansiosa por mostrarle su rostro sin gafas. Sus ojos ambarinos se habían llenado de luz y exhibían con orgullo sus larguísimas pestañas.

Sabía que almorzaba con sus compañeros de trabajo en ese bar. Se lo había oído decir muchas veces. Cuando entró, las miradas de los hombres la sonrojaron, no estaba acostumbrada a despertar esa pasión. Se sentó lo más alejada posible de la puerta y esperó tomándose una caña. Por fin lo vio entrar. Era tan guapo que quitaba el hipo. Lo primero que le extrañó fue verlo acompañado de una mujer y de la mano.

—¿Qué tal pareja? —les saludó el camarero. ¿Qué? ¿desde cuándo tenía una aventura? ¿pero qué diantres? ¿le acababa de meter la lengua a esa rubia de bote barato hasta la laringe? ¿En serio prefería a una cualquiera? Con el corazón destrozado, se levantó de la mesa con mucha dignidad y se situó a la altura de Roberto para pagar lo que debía. Queria ver su reacción. Él susodicho la lanzó una mirada lujuriosa. Hasta se atrevió a guiñarla un ojo. Ni tan siquiera había sido capaz de reconocerla. Era un putero.

—Me alegro de haber venido y descubrir tu aventura. Esta tarde cuando regreses te quedas con esa cutre casa de alquiler para ti solo y tú amante. Yo voy a disfrutar de la vida mientras tú te pudres en la miseria. Y pensar que lo hubiera compartido todo contigo, miserable.

 

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