Mi novela gratis

Bueno, he aprovechado y por primera vez he decidido regalar mi novela en Amazon.

Estará de forma gratuita hoy sábado 3 de febrero y mañana domingo 4.

El Link para hacerte con ella es este:
http://relinks.me/B076PKRCFX

Como autora independiente te pido nos apoye y comentes. Para saber si te ha gustado. Me ayuda mucho.

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Si quieres leer un poco por si no sabes si te gustará, te dejo un fragmento del Prólogo, no hay nada como leer una muestra para decidirte:

La luna resplandecía esa noche más brillante que ningún día. Sus inertes ojos parecían derramar lágrimas de plata, que se deslizaban con lentitud a través de los rayos y acariciaban suavemente la carita del bebé. No olvidaría jamás cómo aquella magnífica mujer miró, por última vez, aquella habitación infantil decorada con todo tipo de lujos: la cunita, con su dosel y los faldones bordados a mano en hilos de oro y plata. Arropó su cuerpecito con las sábanas de algodón y lo contempló arrobada.

El pequeño dormía plácidamente sin ser consciente de su futuro. La vio sonreír. Se apoyó sobre unos cojines de seda y acunó a su hijo mientras canturreaba una nana tan triste, que te desgarraba el alma al escucharla. Su señor había traído una inmensa alfombra persa en uno de sus viajes. Decorada con peculiares cuerpos geométricos, la usaron para cubrir el frío suelo de mármol blanco sobre el que reposaba ella ahora, entre fuertes sollozos y abrazada a los peluches de su pequeñuelo. Las cortinas danzaban con una suave brisa subiendo y bajando con lentitud, rozaban las contraventanas de madera labradas con sus pequeñas celosías en forma de cerradura. Debió dejarlas abiertas de par en par para sentir el olor dulzón que desprendían los árboles frutales del jardín. Suponía que necesitaba impregnarse de aquellas maravillosas sensaciones para no olvidarlas nunca.

Con un par de suaves golpes en la puerta, anunció su inminente partida. Ya era la hora acordada y, como su más fiel vasallo, se introdujo con sigilo para no despertar al infante.

—Mi señora, ¿estáis segura de que hacéis lo correcto? —Sus facciones se arrugaron con preocupación mientras la ayudaba a levantarse.

—Sí, mi querido amigo. Es lo mejor. No podemos arriesgarnos. ¿Ha preparado mi doncella todo lo que le pedí?

—Sí, mi señora. Ya hemos preparado una cesta con lo necesario para alimentar y vestir al crío.

—Entonces partamos antes de que vuestro señor os implore una última vez junto a él.

La hermosa mujer de delicados rasgos se cubrió con un velo su bonita cabellera y cogió con ternura al pequeño mientras lo envolvía en un diminuto mantón para evitar que despertase de su tranquilo sueño. Iluminó el pasillo vacío con una antorcha, no sin antes asegurarse de que todo estaba despejado según lo previsto. Caminaron en silencio hasta una pequeña estancia decorada con bellos mosaicos y yeso esculpido, el mihrab, lo atravesaron bajo el arco de herradura y se dirigieron a una pared con irregularidades simétricas, calculadas matemáticamente por el gran arquitecto de Bagdad. Palpó con su manaza hasta oír un «clic» y giró un resorte. Pronto una pared de piedra descubrió una puerta oculta que llevaba a un pasadizo. Echaron una última ojeada y desaparecieron en su interior.

Bajaron las escaleras en un silencio sepulcral, únicamente siguiendo los húmedos muros llenos de telarañas y suelo embarrado, con cuidado de no tropezar con salientes rocosos. El eco les devolvió el sonido de sus pisadas en señal de bienvenida; parecía alegre de contar con la visita de tan extraños visitantes.

La dama, de vez en cuando, se aseguraba de que el bebé continuara tranquilo. El agua se filtraba con fuerza a través de las paredes y se escuchaba el repiquetear constante de las gotas, que caían con melancolía. Temía que lo despertaran. Debían de estar atravesando el inmenso jardín de rosas y palmeras que rodeaba la fuente principal, llena de nenúfares y peces de colores, y que se nutría de aljibes subterráneos. Sus aguas eran llevadas por la noria a través de todas las canalizaciones que recorrían las tierras y parterres. Estaba muy orgullosa de su pueblo, eran uno de los más avanzados, no solo destacaban en arquitectura y tecnología de la época. Eran grandes viajeros que se aventuraba a conquistar nuevas tierras.

—Hemos llegado, mi señora.

Fuera por fin, alcanzaron a ver un cielo aterciopelado repleto de estrellas. Fue agradable poder sentir la fuerza del cosmos después de haber recorrido oscuros túneles bajo tierra durante horas. Una alfombra voladora estaba semiescondida entre unos arbustos cercanos a la puerta de salida. Ambos se sentaron. Aseguró a sus pasajeros y chasqueó los dedos para ponerla en movimiento. Volaron con discreción por el desierto. La madre apretó contra su pecho al pequeño mientras otra lágrima se derramaba, mojando su manita, lo que provocó un débil gimoteo en señal de protesta.

El camino estaba siendo tranquilo, sin ningún contratiempo. En el fondo, esperaba que algún suceso impidiera su viaje hasta llegar a su destino; sabía lo que eso iba a suponer para ella. Su corazón parecía a punto de estallar de la congoja tan grande que vivía alojada en él desde que tomaran esa decisión. Habían intentado buscar otras alternativas, pero todas suponían peligros para el futuro del bebé; debían sacrificarse por el bien del niño y esa era la única manera.

Por fin, llegaron hasta una casa a las afueras de una aldea. Había una luz anaranjada en su interior, quizás por las llamas de una fogata. En el exterior habían colgado la señal: una rama de muérdago. La joven bajó con serenidad y trató de mover sus pies, pero se quedó paralizada ante la puerta de entrada.

—Toma, cógelo. Soy incapaz de entrar. Prefiero no verlo o se me partirá el alma.

Acercó sus labios rojos como cerezas y besó la coronilla del bebé entre fuertes temblores, jugueteó un rato con su precioso pelo rizado y aspiró su aroma a canela. Luego se lo entregó a su acompañante y se giró de espaldas a la casa. Un escalofrío le recorrió la espalda y le provocó que se arrebujase dentro de su capa.

—No tenéis porqué hacerlo…

Pero la dama no le contestó. Le pareció haber escuchado un leve sollozo; era su forma de despedirse. El hombre dio tres toques a la puerta, luego otros dos y luego uno largo. La puerta se abrió y una mujer de mediana edad lo recibió.

—Tomad, aquí tenéis todo —dijo mientras la entregaba al pequeño junto a la cesta con sus pocas pertenencias.

—¿Cuándo volveremos a encontrarnos? —preguntó la mujer mirando en dirección a la solitaria figura de la madre.

—El destino tiene un camino reservado para todos y nunca sabemos cuándo vamos a cruzarnos con él. ¡Qué Alá la bendiga!

La mujer pareció comprender y cerró despacito la puerta mientras acunaba al chiquitín. El niño comenzó a chillar en señal de protesta. Buscaba desesperado el olor tan familiar de su protectora, que le hacía arrumacos desde su nacimiento, sus latidos rítmicos, sus abrazos… Parecía estar quejándose por tan incomprensible abandono.

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